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Foto: Andrés Bo - Penguin Random House

Piedad Bonnett, vida en la poesía

Por: Eduardo Otálora Marulanda 

Una vez escuché a un poeta decir que los escritores se dividían en dos grupos: los poetas y todos los demás. Como me pasa casi siempre, en ese momento no entendí. Aún ahora creo que no termino de entender lo que dijo, pero me aventuro a hacer mi versión de sus palabras: una cosa es leer poesía y otra cosa es leer todo lo demás.

La poesía suena y entonces es importante escucharla en voz alta; pero también resuena, y por eso hay que releerla mentalmente y quedarse empantanado en un verso hasta que afloje su esencia. La poesía se puede leer en cualquier parte, pero es egoísta: apenas una línea nos atrapa el mundo desaparece y se corre el riesgo de tropezar (si se tiene la insana costumbre de leer caminando) o de que se enfríe la comida o, incluso, de que se nos olvide comer. Pero también leer poesía puede ser repelente. Confieso que hay veces en las que no encuentro nada en las palabras y me embarga una modorra de tierra caliente que me invita a una siesta. Eso me hace pensar que disfrutar la poesía va más allá de leer y comprender, que es como entrar en una nube sin saber cuál aire nos va a tocar respirar.

Sí, leer poesía se parece a respirar.

Y quién mejor para hablar de la poesía como respiración que Piedad Bonnett, una de las escritoras más importantes de nuestro tiempo.

Piedad nació en Amalfi, un municipio del Nordeste antioqueño, frio y rodeado de abismos. En la región donde está ubicado se han encontrado rastros de asentamiento humano de hace 9 mil años aproximadamente, relacionados con las culturas de los pueblos Yamesíes, Guamocoes y Tahamíes. Una parte importante de su historia tiene que ver con la llegada del ingeniero y geógrafo sueco Carlos Segismundo de Greiff quien, en equipo con el profesor Antonio Aguilar, diseñó el trazado urbanístico del pueblo. Y esto es importante porque ese inmigrante es el primer ancestro de la familia de Greiff, a la cual pertenece el poeta León de Greiff.

La familia de Piedad llegó a Bogotá cuando ella tenía 7 años y, pensando en la calidad de su educación, la inscribieron en un colegio de monjas. Como es fácil imaginarse, no se acopló. Entonces, desconcertados por no saber qué hacer con esa niña, sus padres decidieron enviarla a un internado en Bucaramanga. Este fue un momento muy importante de su vida porque la aquejó una úlcera duodenal que la obligó a pasar días enteros acostada, retorciéndose de dolor. Esa experiencia es muy importante en su poesía por dos razones. La primera es que en esa época publicó su primer poema en una revista de la ciudad. La segunda es que esos dolores la llevaron a ser muy consciente de su cuerpo, de cómo cada cosa la somatizaba. Así, su vida empezó a estar signada por el dolor, y ese dolor encontró su camino en la poesía.

Cuando Piedad tenía 20 años tuvo a su primera hija. Eran los años 70, una época en que las mujeres empezaban a ganar espacios en nuestro país y en la que los jóvenes defendían la libertad por encima de todo. Ese cambio en su vida no fue nada sencillo, porque los hijos no son como los pintan en las comedias románticas de los domingos, no son pequeños rollizos y cándidos que escuchan a sus padres y sonríen. Los hijos son un espejo terrible en el que nos vemos y, por eso, son capaces de sacar lo más bello de nosotros, pero también lo más horrible. Entonces esa maternidad confrontó a Piedad de nuevo con el sentido de su vida, la puso a reflexionar sobre ese “deber ser” que se impone a las personas y, sobre todo, a las mujeres. No le fue sencillo tramitar esos sentimientos, pero la poesía estuvo allí para convertir el torbellino en palabras. Por eso su poesía late, como la vida.

Entonces empezó a escribir de nuevo y se animó a publicar. Su primer libro, titulado De círculo y ceniza, salió en 1989. Luego vino Nadie en casa, de 1994 y, en 1995, El hilo de las cosas. Este último es un libro muy importante para ella porque recibió el Premio Nacional de Poesía Instituto Colombiano de Cultura. Como la misma Piedad lo dice, este reconocimiento le sirvió para sentir que sí era buena en lo que tanto la apasionaba: la poesía. Con ese impulso siguió su camino y ya son más de 20 libros publicados, entre poemarios, novelas, libros testimoniales y obras de teatro.

La de Piedad Bonnett es una carrera sostenida y de calidad. No en vano ha recibido también el XI Premio Casa de América de poesía americana 2011, por Explicaciones no pedidas, el Premio de poesía Poetas del mundo latino, en 2012; el Premio de Poesía José Lezama Lima, en 2014; también por Explicaciones no pedidas y el Premio de Poesía Generación del 27, en 2016, por Los habitados.

Escuche la primera parte de la entrevista a la escritora Piedad Bonnett aquí y la segunda parte este viernes aquí.